XIX- FILOS AL AMANECER
Surgieron como espectros de sus tumbas. Ni siquiera El Ojo de Kallah, aquella luna huída, les iluminaba el camino. Tenían la lección bien aprendida. Sabían perfectamente dónde tenían que hundir la daga. Cuarteles, atalayas, vigías… Cuellos que se abrían en la madrugada. Ecos difusos de lamentos apagados. Sólo sombras asesinas que invadían la ciudad. Una manada de lobos invisibles sobre sus presas. La noche les protegía. El silencio era su cómplice. La ignorancia, su compañera de armas. Fueron dejando un rastro invisible de muerte. Entraban por los tejados, por las ventanas. En torrente. En bandada. Por la espalda. A traición.